GRANJEROS GUERREROS (PARTE III)
Saénz cogió la espada de su enemigo muerto a sus pies. Observó que la flecha enviada por su mujer había dado en el caballo, y éste también estaba rodando por el suelo. Echó a correr, mientras gritaba a Serena:
-Ayuda a los hijos, yo me encargo de él -. Vio que su mujer le hacía caso y volvía a cargar el arco.
Mientras corría sintió un gusto salado en la boca. Era su sangre. Se debía haber cortado la lengua al caer al suelo. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a su oponente, que ya se había levantado y tenía su espada en la mano. Se paró a dos metros de él y se puso en posición de combate con las dos espadas. Quedó parado para reponerse de la carrera. Jadeaba, ya no era joven como cuando asolaba las marcas fronterizas como capitán de infantería con el padre de su actual rey.
Enfrente tenía un joven, poco más mayor que su hijo Cástor. Empezaba a quedarse calvo, pues apenas tenía unos pocos pelos rubios largos que le caían por los lados de la cara. Tenía la cara con sangre, seguro que se había caído de bruces. Pero vio sus ojos, en ellos se reflejaba el miedo. Tenía la espada levantada a media caña, enseñándole el filo de la misma. Se dio cuenta de que no era un buen espadachín.
Lo tanteó dando tres pasos rápidos hacia su derecha y moviendo su espada izquierda en molinetes, para cubrirse el movimiento y descubrir la guardia de su enemigo. Éste renqueando solamente se giró. Sáenz se dio cuenta de que la caída del caballo le había pasado factura y debía tener alguna pierna herida. Decidió aprovecharlo con rapidez, pues sus hijos estaban en peligro.
Atacó de frente enviando tajos con las dos espadas. El mozalbete apenas envió una miedosa estocada, que le paró con la espada izquierda. Lanzó su estocada con la derecha, entrando en el pecho hasta la mitad de la hoja. El crío soltó la espada y emitió un gemido, casi un lloro. Sáenz olió los meados al momento. Le miró a los ojos, y por un momento se le representó a su hijo. Pero casi seguido recordó que ese enemigo iba a matarlos y a violar a su mujer. Lanzó un golpe con la izquierda de arriba abajo, y le partió la cabeza como un melón, esparciendo sesos y sangre por sus hombros y brazos.
Con un rugido, le pegó una patada en el pecho y desclavó su espada. Se dio la vuelta y emprendió una loca carrera hacia el último escenario de batalla.
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