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domingo, 19 de febrero de 2012

GRANJEROS GUERREROS (PARTE II)
Se dispusieron a repeler el ataque en forma de triángulo, con la cabaña a sus espaldas. Sáenz en el vértice treinta pasos adelante, atrás a su derecha Serena con el arco, y atrás a su izquierda su hijo mayor Cástor con una espada y Nuño con otro arco más pequeño y una lanza a sus pies.

Venían al galope, aunque entorpecidos pues atravesaban el campo a medio labrar. Escuchó sus risas. Estaban tan confiados que incluso no se molestaban en cubrirse con sus escudos. Sáenz se agachó y cogió una piedra con la izquierda. Sostuvo desmañadamente su espada, para confiarlos aún más. Vio como se separaban, dos iban directos hacia él, dos hacia su mujer y los otros dos hacia sus hijos.

Se quedó de pie parado frente a los que venían hacia él como una exhalación. Se sonrió secretamente cuando vio que en vez de intentar arrollarle, se abrían para cazarlo entre los dos. Otro error. Lo aprovecharía.

-Acordaos de todo lo que sabéis -les gritó. ¡Hacedlo yaaaaaa!

Escuchó cómo las flechas volaban hacia sus objetivos. Uno de los que cargaban contra Serena recibió el flechazo en la cabeza, justo donde acababa el casco, cayendo de su caballo al momento. "Uno menos", pensó. "No ha perdido su habilidad con el arco, perfecto". El otro guerrero chilló de rabia mientras seguía cargando. Sin embargo, en el otro lado uno de los guerreros desvió la flecha de su hijo con el escudo mientras gritaba de triunfo.

-¡A los caballos, disparad a los caballos!

No pudo decir nada más. Estaban a pocos pasos sus dos oponentes. Se abrieron los dos, dejando un hueco entre ambos caballos, y bajaron sus espadas con el gesto de segar. Querían cortarle por la mitad. En ese momento, lanzó su piedra a la cara del caballo del jinete de su izquierda. El caballo relinchó, torció el cuello y tropezó, cayendo al suelo junto con su jinete en medio de una polvareda.

Sáenz vio el segundo jinete que se le echaba encima. Le dio tiempo justo para echarse al suelo de espaldas mientras una lluvia de terrones de tierra y de piedras provenientes del caballo le caía por encima. La espada le pasó a un palmo del pecho. Pudo sentir el viento que provocaba el hierro. Y en ese momento, mientras su espalda tocaba el suelo, barrió el suelo con su espada y cortó la pata trasera del caballo. El ruido fue atronador cuando el segundo jinete se fue al suelo, el suelo tembló.

Se levantó de un salto y blandiendo su espada se acercó al primer jinete caído, que trataba de incorporarse apoyándose en una mano. Levantó la vista y Sáenz pudo ver a un hombre de unos treinta años, barbudo y con una cicatriz en el rostro. Le miró con una mezcla de estupor y miedo. Fue a incorporarse, pero ya no pudo. Sáenz de un solo tajo le decapitó. Notó en la mano de la espada el calor de la sangre de su enemigo.

Se dio la vuelta y vio cómo el otro jinete estaba atrapado debajo de su caballo, haciendo esfuerzos para liberarse. Tenía unos segundos. Miró hacia su familia y vio cómo Serena lanzaba una segunda flecha a su agresor. Su hijo hacía lo mismo contra otro de los jinetes.

Sáenz corrió gritando como un loco hacia el jinete atrapado. Éste, al verlo, levantó las dos manos a modo de protección. No tuvo piedad. Le hundió la espada a la altura del corazón, hasta dejarlo clavado en la tierra.

Ahora le tocaba defender a su familia.

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