Abrir
los ojos parecía el paso más difícil, hasta que traté de
incorporarme. Inmediatamente, el dolor invadió mi cuerpo de la
cabeza a los pies, obligándome a desistir. Una mujer de rostro
severo, que se hallaba de pie a mi lado, negaba con la cabeza,
mientras yo luchaba por evitar que me saltasen las lágrimas. Levantó
la mano en la que llevaba el mando y al apretar un botón, la mitad
superior de la cama se elevó hasta que asentí y ella dejó de
pulsar, dejándome en una postura más o menos cómoda. Acto seguido,
dio media vuelta y salió de la habitación, sin mediar una sola
palabra. Menudo despertar, en una cama de hospital, con una pierna
escayolada, contusiones por todo el cuerpo y un chichón del tamaño
de una pelota de golf en plena frente y sin saber a ciencia cierta
cómo había llegado hasta allí. Carmen me observaba desde un
rincón, con aquella mirada divertida y su pícara sonrisa, más
propias de una niña que de la persona adulta que era. Recordé rodar
escaleras abajo, el intenso dolor que sentí al romperse el hueso y
de pronto, la oscuridad. Sin embargo, mi mente no lograba visualizar
el motivo, aquello que había provocado todo esto, el desencadenante.
Intenté preguntarle a Carmen por lo sucedido, pero el solo gesto
hizo que un pinchazo atravesara mi cabeza. Ella se acercó hasta
situarse a mi lado y entonces comprendí. La almohada que estaba a
punto de posarse sobre mi cara no dejaba lugar a dudas.
Nos tienes abandonados.
ResponderEliminarQueremos más y más ¿tienes algo tenebroso o intriga?