Máscaras.
Cuando me invitaron a esta fiesta de máscaras, dudé, pues nunca había estado en ninguna. Cuando me explicaron que lo único que había que llevar era la máscara, dudé más, pues no soy hombre de imaginación. Ahora camino entre arlequines, fantasmas de la opera, gatos, tigresas, payasos, cortesanos, policías, bomberos, algún Spiderman y muchas bailarinas. Y todos desnudos. Soy un león entre corderos, un castigador entre pecadores, un huracán que se dirige imparable hacia la toma de tierra. Sudo apenas, pues eso significa miedo. El olor del sexo en el ambiente se cuela por el plástico de mi imagen falsa. Me acerco a una gata que lleva un cubata de naranja y un enorme anillo en forma de corazón. Tomo su mano y la pongo en mi hombro. Me acerco y le rujo suavemente al oído. Ella ríe. Veo sus ojos acuosos llenos de deseo. Me giro y tiro de ella. Me sigue sin resistencia hasta la habitación de al lado. Abro la puerta mientras vuelvo mi cabeza y le rujo de nuevo. Me pone las manos en los hombros, se acerca a mi espalda y me maúlla con voz juguetona al oído. Siento el calor de su cuerpo. Soy un depredador. Soy su asesino. Soy el único que no lleva máscara.
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