Sáenz vio cómo la azada rompía en tres partes un enorme terrón de tierra. De entre ellas surgió una pequeña culebra que reptó asustada hacia el agujero más cercano, para desaparecer al instante. Vio cómo varias gotas de sudor de su frente caían en uno de los tormos.
Escuchó un sonido a lo lejos y levantó la vista. En las lindes de su enorme campo vio a seis jinetes que caracoleaban y se golpeaban el pecho. Tenían el escudo de los condes negros. Así que era verdad lo que le había dicho aquel piojoso trovador dos días antes: la tierra de su rey Eduardo estaba siendo invadida por el reino de Arned y según lo que le había contado, apoyado por el rey musulmán Mutamid.
Escuchó sus risas despreocupadas y casi podría adivinar las bravatas que se decían. Gritaban salvajemente y golpeaban las espadas en los escudos. Se veía a la legua que eran exploradores, probablemente de alguna punta de ejército, o del mismo grueso. Saénz supo que aquel año no vería crecer su cosecha.
Soltó la azada y se dio la vuelta para correr desesperadamente hacia la cabaña de madera y barro en el otro extremo. Escuchó de nuevo las risas de sus enemigos. Se dio cuenta de que se sabían fuertes y que no tendrían prisa en ir a coger lo que ya pensaban que era suyo.
- Serena, Cástor, Nuño, corred, la hora ha llegado. Rápido, sacad las armas y preparaos para combatir como os dije. ¡No hay tiempo!
Su mujer Serena salió de la cabaña, con gesto de incredulidad, muy lentamente. Vio cómo sus dos hijos aparecían por un lateral del corral de las gallinas como una exhalación hasta llegar a su madre. Cuando llegó a su altura, Cástor, el hijo mayor, ya estaba dentro levantando la trampilla donde guardaban las armas de la familia.
Sáenz escuchó un alarido y los cascos de caballos al galope.
Ya no tuvo ninguna duda. La visión de su mujer les había decidido ya a lanzar el ataque. Se dio la vuelta, y contempló, como antaño, cómo la muerte cabalgaba hacia ellos en medio de destellos y gritos.
Escuchó un sonido a lo lejos y levantó la vista. En las lindes de su enorme campo vio a seis jinetes que caracoleaban y se golpeaban el pecho. Tenían el escudo de los condes negros. Así que era verdad lo que le había dicho aquel piojoso trovador dos días antes: la tierra de su rey Eduardo estaba siendo invadida por el reino de Arned y según lo que le había contado, apoyado por el rey musulmán Mutamid.
Escuchó sus risas despreocupadas y casi podría adivinar las bravatas que se decían. Gritaban salvajemente y golpeaban las espadas en los escudos. Se veía a la legua que eran exploradores, probablemente de alguna punta de ejército, o del mismo grueso. Saénz supo que aquel año no vería crecer su cosecha.
Soltó la azada y se dio la vuelta para correr desesperadamente hacia la cabaña de madera y barro en el otro extremo. Escuchó de nuevo las risas de sus enemigos. Se dio cuenta de que se sabían fuertes y que no tendrían prisa en ir a coger lo que ya pensaban que era suyo.
- Serena, Cástor, Nuño, corred, la hora ha llegado. Rápido, sacad las armas y preparaos para combatir como os dije. ¡No hay tiempo!
Su mujer Serena salió de la cabaña, con gesto de incredulidad, muy lentamente. Vio cómo sus dos hijos aparecían por un lateral del corral de las gallinas como una exhalación hasta llegar a su madre. Cuando llegó a su altura, Cástor, el hijo mayor, ya estaba dentro levantando la trampilla donde guardaban las armas de la familia.
Sáenz escuchó un alarido y los cascos de caballos al galope.
Ya no tuvo ninguna duda. La visión de su mujer les había decidido ya a lanzar el ataque. Se dio la vuelta, y contempló, como antaño, cómo la muerte cabalgaba hacia ellos en medio de destellos y gritos.
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