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jueves, 9 de agosto de 2012

La mejor posesión que Hamid puede tener.

Hamid arrastró sus pies negros por el polvo. Parecía que no pertenecían a su cuerpo menudo, casi esquelético, pequeño… y negro, muy negro. Con la barriga prominente, como si se hubiese tragado la cabeza de un ñu. Y los brazos muy largos, delgados, llenos de costras, heridas y raspones de golpes pasados. El que vivía con su madre era muy aficionado a la leche fermentada de camella y, cuando abusaba de ella, buscaba cualquier excusa para tirarlo al suelo de arena de la choza de barro donde vivían y arrastrarlo por los pies hasta fuera. En esos momentos era cuando odiaba que sólo tuviese nueve años.
Llegó al pozo que estaba a las afueras del poblado. Un agujero enorme en medio de una llanura. Olió el agua y se alegró de que fuera mediodía. No tendría que pelear por su sitio con multitud de mujeres y con niños más fuertes que él. El sol caía a plomo y todo el mundo esperaba a que bajase un poco. Los destellos de las rocas le molestaban los ojos y un viento pesado e irrespirable arrancaba reflejos a las pocas plantas que había.
Depositó en el suelo, con cuidado, la vasija de barro. La gran posesión de su familia, junto con un cuchillo y una piel ajada de camello. El fondo estaba cerca. Había una pequeña cuesta por la que bajar hasta llegar al agua. Si se podía llamar así a ese líquido marrón, pastoso, en el que flotaban multitud de insectos. Hamid se agachó y pudo sentir el frescor de la tierra a través de las encallecidas plantas de sus pies.
Las moscas estaban pesadas. Volaban cerca de sus oídos y aunque procuraba ignorarlas, acababan por meterse entre sus labios, y tenía que soplar con asco. El pozo era amplio y se veían huellas de mil pies: unos de niña, con su pequeña huella apenas marcada en la tierra; allá una huella profunda, deforme, seguro que de una abuela gorda. Y muchísimas alargadas, apenas profundas, con los dedos marcados, de jóvenes que se quedaban a parlotear de chicos.
Se agachó y sumergió de costado su vasija, sujetándola con una mano mientras con la otra golpeaba la superficie del agua, para apartar el máximo de bichos posible. Una vez llena, se incorporó y bebió un largo trago. Sabía a tierra y siempre le quedaba arenilla en la boca que le encantaba masticar. Se ilusionaba pensando que era polvo de mijo y que podía comer hasta hartarse. Pero lo que más le atraía era su frescura. Notaba cómo pasaba el agua por su boca, deslizándose por su garganta hasta llegar a su barriga, dejando una sensación como cuando en la época de las lluvias se podían bañar. Una fuerza entonces salía de su tripa, combatiendo el calor de su cuerpo hasta llegar a todos los rincones. Y entonces notaba cosquilleos en la nuca. Nada le gustaba más que beber ese agua. Salvo cuando su madre por las noches le acariciaba la cabeza y le cantaba historias de su padre hasta que dormía. Una vez había acabado de beber, volvió a llenar la vasija y la cargó para comenzar a subir.
Echó un último vistazo al fondo, y pudo apreciar los diferentes colores del suelo, según estuvieran más pisoteados o no, y mezclados con piedras pequeñas y trozos de vasijas de barro rotas. En dos o tres pasos llegó al borde y apoyó la vasija. Echó un vistazo alrededor mientras se incorporaba.  Era una llanura de diferentes tonos de marrones salpicados de motas verdes. La vegetación sufría el calor tanto como ellos. Podía ver algún árbol en medio, pero no le gustaba acercarse, pues siempre los veía retorcidos y con ramas bajas, como si quisiesen tocar la tierra. Eran árboles aburridos, no podía treparlos sin riesgo de caerse. Prefería correr por la llanura, en dirección a las montañas lejanas que ocultaban el sol por la tarde, y perseguir a las ratas de la llanura viendo cuando se daban el aviso de que un extraño las molestaba. Siempre sacudía la entrada de su madriguera, como si pudiera pillarlas. Y cuando se aburría, tapaba el agujero con la tierra que había sacado, para el día siguiente comprobar que la entrada estaba abierta de nuevo, en desafío permanente.
Un olor agradable inundó su nariz. Cerca de ahí había comida. El ñu oculto en su estómago comenzó a mugir. Hamid levantó la cabeza para localizar su objetivo y supo que debía darlo por perdido. En el límite del poblado estaba un hombre comiendo sentado en una caja de municiones. Detrás tenía una tienda de lona de estilo militar y a su puerta había una olla encima del fuego apagado. Era Ermakil, el cazador, uno de los ricos del pueblo. Se ganaba la vida cazando para los turistas blancos que de vez en cuando aparecían por el pueblo. Venían en grandes coches, se lo llevaban, y volvía dos meses después, cargado de regalos para sus tres mujeres y con ropas raras para él. A menudo venía con unas botas enormes y los niños del poblado decían entre risas que sus piernas parecían las patas de un elefante. Era un hombre orgulloso, desafiante, que quería mandar más que el makala, el jefe del poblado, diciendo que era un ignorante y que no sabía muchas cosas del mundo de más allá de las montañas.
Sujetaba un plato de madera y cogía con la mano una pasta blanca y marrón: cuscús con carne de cabra. Hamid podía verlo por los restos que le quedaban pegados en su barba negra. Su estómago le hizo darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Tocó su vasija con los pies, para asegurarse que seguía con él. Y Ermakil levantó la vista. Su mano llena de alimento quedó detenida a medio camino de su boca. Le miró curioso y divertido, y con lentitud deliberada se acercó a la comida, comiendo a bocados pequeños. Para luego lamer despacio, con calculados lengüetazos, primero la palma de su mano, deteniéndose en cada dedo.
Hamid tendría que haber bajado la vista, como muestra de respeto a un mayor. Aceptando su autoridad. Pero no lo hizo, le sostuvo una mirada desafiante, mientras su ñu particular se desbocaba sin casi poderlo sujetar. Ermakil, al ver la actitud de ese maloliente hijo de una cabra, encolerizó. Soltó el plato dentro de la olla, cogió una piedra y se la lanzó con fuerza mientras le lanzaba una maldición.
Hamid, aterrado, vio como la piedra iba directa hacia la vasija que tenía entre sus pies. Apenas le dio tiempo de agacharse y cubrir con su cuerpo el lanzamiento. Recibió el impacto en medio de la espalda. El sonido fue de cuero viejo, y pudo escuchar cómo la piedra rebotaba hacia abajo del pozo para acabar chapoteando en el agua. Escuchó carcajadas amplias, satisfechas, y al volverse pudo ver al cazador sujetándose las caderas y mostrándole la calva, retorcido de placer por su puntería.
Esperó a que su risa bajara de tono. Su espalda le escocía como cuando el compañero de su madre le golpeaba con el palo. Notó algo caliente que le resbalaba hasta mojar su taparrabos. Eso no podía quedar así, cuando él fuera mayor se haría cazador, y entonces él sería el que arrojara las piedras.
Ermakil al final dejó de reír y miró al niño, mostrándole el hueco que tenía en medio de su dentadura. Cogió su plato de comida, metió la mano y volvió a coger más cuscús. Como una fuerza imparable, Hamid se sorprendió levantando la mano derecha y enseñando sus tres dedos últimos, símbolo inequívoco de cuando se va a castrar a los cabritos. Una ofensa de las más graves del poblado, merecedora, seguro, de un gran castigo. Se asustó, pero ya lo había hecho y mantuvo su brazo en el aire hacia Ermakil. Éste abrió mucho los ojos y se agachó hasta ponerse en cuclillas, apoyando el plato en el suelo. Transcurrieron unos segundos hasta que sonrió y le alargó el brazo, ofreciéndole la comida.
Hamid se sorprendió de la reacción del cazador. Pasaron unos segundos mirándose el uno al otro. Se podía escuchar el sonido del calor en el ambiente, el zumbido de los insectos, y … el ñu del estómago golpeando sin piedad. Al final, se agachó, cogió su vasija y dio media vuelta en dirección a la choza de su madre. Seguido de dos sonidos: el de su ñu que empujaba desesperadamente en dirección contraria, sin conseguir controlar esta vez a su dueño; y el golpeteo rítmico en el suelo de Ermakil, con la planta de sus pies, la señal de bienvenida a un nuevo cazador al poblado.

6 comentarios:

  1. Un relato precioso y lleno de fuerza. Que grande eres Capi!

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    1. Gracias amigo, celebro que te haya gustado. La verdad es que me animas bastante a seguir escribiendo y publicando en el blog. No se hable más, colgaré otro relato. jajajaa

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  2. Que huevos tiene el nano o es que está hasta los huevos ¿Has visitado el desierto, conoces un poco esa cultura? Me gustaría volver a leer un relato de este tipo.
    Gracias

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  3. Hola Albertini, disculpa el retraso en responder. Sí que tengo algunos relatos de esa cultura, pues me atrae mucho por la forma en que viven, a caballo entre las tradiciones y la incursión de nuestra sociedad moderna en sus sociedades. En este caso, quise simplemente abstraer uno de los dones más valiosos que tenemos el ser humano: la dignidad. Y en un ser que inicialmente parecía débil. La gente nos sorprende siempre...

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  4. Sin duda alguna es ficcion porque cuando una necesidad primaria como alimentarse no es cubierta no hay dignidad que sirva. Probablemente comería sin dudarlo aunque se tomara su posterior venganza.
    Bonito, al menos conserva algo que nadie jamas podra arrebatarle; sus principios

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  5. Bueno, pekas, no creas. Hay mucha gente que tiene mucha dignidad y que prefiere no perderla si es a cambio de algo no importante para ella. Cada uno tenemos unos valores o principios como muy bien dices. Y para lo que algunos es irrenunciable, para otros son tonterías. Quizás a ese niño le pareció menos importante la comida temporal frente al desprecio o abuso de un poderoso. Pero bueno, la cuestión es saber elegir bien. Al final, cuestión de principios, como dices.

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