Nervioso
como una colegiala en su primera cita, Arturo se dedicó a deambular
por toda la casa, incapaz de permanecer más de dos segundos en la
misma estancia. La paciencia nunca figuró entre sus virtudes y
aquella situación le estaba desquiciando. Decidido a poner freno a
aquella locura, dirigió sus pasos hacia la cocina, en busca del
relajante efecto que la cerveza solía proporcionarle. Si eso no
funcionaba, tendría que recurrir al maravilloso poder de la
industria farmacéutica. Pero mientras recorría el pasillo por
enésima vez y aún con la esperanza de oir el estridente sonido del
timbre de la puerta, fué conciente de que volvía a rascarse la
muñeca izquierda. Se detuvo en seco y tras dudar unos segundos, se
arremangó la camisa hasta dejar al descubierto las cuatro
cicatrices, enrojecidas por la acción de sus uñas sobre la tela y
de ésta sobre la piel. No pudo evitar una amarga sonrisa, fruto de
la nostálgia y la vergüenza. Cambió de dirección y entró en la
salita, donde había un espejo redondo, enmarcado en hierro
envejecido. Desabrochó el cuello de la camisa y un escalofrío
recorrió su espalda cuando sus dedos rozaron la marca de la
quemadura que había dejado la soga. Tantas notas escritas a nadie en
concreto antes de cada intento. Pero siempre fué un cobarde. En cada
ocasión se aseguró de tener una vía de escape, un plan b, por
decirlo así. La única vez en que no lo hubo, le faltaron agallas
para saltar y tuvo que intervenir la policía. La procesión a
consultas de psiquiatras había sido interminable y depresión fué
la palabra más utilizada en todas ellas. Cada visita se saldaba con
una nueva receta y cada receta le proveía de cantidades ingentes de
antidepresivos. El diagnóstico, a diferencia del médico, nunca
varió, quedando catalogado como maníaco depresivo con tendencia al
suicidio, llegando a plantearse si aquello se debía al deseo de
llamar la atención más que al de terminar con su existencia. La
respuesta llegó de la mano de una dulce voz envuelta en un vestido
estampado, de largas piernas e intensa mirada. Ella comprendió su
dolor y su necesidad como nadie antes había hecho, hasta lograr lo
que ningún terapeuta llegó siquiera a soñar, que aflorase la
necesidad de vivir en aquella mente atormentada.
Volvió
a pasar los botones con dedos temblorosos y escuchó como se cerraba
una puerta de coche, probablemente en la esquina, que hizo que su
corazón se acelerase. Empezó a caminar hacia la entrada de la casa,
pero un dolor intenso le atravesó el pecho, haciendole caer de
rodillas. Decidió acostarse en el suelo mientras su mano derecha
intentaba colarse por el bolsillo del pantalón en busca del
teléfono. Sintió el estómago revuelto, pero se obligó a si mismo
a ignorarlo, no podía permitirse distracción alguna. El dolor se
extendió por el brazo izquierdo, disipando cualquier duda, el
infarto era inminente. - ¡Ahora no! - consiguió articular mientras
extraía el teléfono del pantalón e intentaba marcar los tres
dígitos. El sudor de las manos complicó la empresa más de lo
previsto, pero justo al marcar el último número, el dolor se
intensificó y el terminal se escurrió de entre sus dedos. Alcanzó
a escuchar dos sonidos, que provenian de distinta fuente, antes de
exhalar su último aliento. Dos voces, las dos femeninas. La primera
le llamaba por su nombre. - Arturo, soy Laura. - La segunda, le
informaba de que había marcado el número correcto. - Ha llamado al
ciento doce ¿en que puedo ayudarle?
Me gustó el relato. Un buen punto de vista, normalmente lo vemos desde fuera, como espectadores. Pero esta vez, lo hemos sufrido en la carne del protagonista. Y también la ironía del final, que muchas veces es real: cuando ya sales de algo, viene un imprevisto, y te mete de nuevo en el foso. Bien contado, breve, y buen final. Me gusta.
ResponderEliminarEs que pones el listón alto y no queda más remedio que estrujar la neurona, jejeje. Muchas gracias amigo, ya sabes cuanto aprecio los comentarios, que a fin de cuentas, son los que ayudan a mejorar. Un abrazo
ResponderEliminarManiacodepresivo ¿quería morir? Seguro que a última hora no pensaba lo mismo.
ResponderEliminarJa ja ja que retorcido eres, pero mola.
Lo de retorcido me lo empiezan a decir mucho ¿será verdad? jaja ¡que va! yo creo que exageran un poco, pero me gusta ese punto de muchos relatos.
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