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miércoles, 14 de marzo de 2012

GRANJEROS GUERREROS (PARTE V)

-¡Matadle, padre! No le tengáis piedad, que muera como los otros –gritó Nuño enristrando la lanza como si lo fuese a atravesar-. El nos habría hecho lo mismo. No le dejéis con vida.

Sáenz miró al soldado que tenía a sus pies, ya derrotado pero orgulloso en su mirada. Sus hijos se detuvieron a pocos pasos de ellos jadeando y muy alterados. Era la primera vez en su vida que probaban la sangre. Recordó cuando le había tocado a él, era también casi un crío, mayor de lo que era su hijo Cástor en estos momentos. Cuando acabó su combate, estaba avergonzado y tuvo que correr a un riachuelo, pues se había ensuciado. Lloraba cuando un veterano llegó a su altura, se bajó los calzones y comenzó a limpiarse. Le miró un momento, escupió frente a él y le dijo “Chaval, llora si estás muerto o herido, no por estar vivo”. Para corroborar su afirmación, escupió de nuevo frente a él, y luego, muy digno, se subió de nuevo los calzones y se fue hacia el escenario de la matanza, dejándolo confuso. Otro grito de su hijo mayor le devolvió a la realidad.

-Padre, dejadme matarle a mí, soy el mayor, quiero matarle yo mismo. Para afirmarse, se plantó y levantó su arma con las dos manos por encima de la cabeza.

Sáenz vio a sus dos hijos de nuevo y desvió la vista a Serena, su mujer, que se había acercado tranquila. Tenía una sonrisa orgullosa y se desprendía de ella una sensación de seguridad. Con el arco, parecía una guerrera de las montañas. Se volvió a sorprender de lo bella que todavía era. Se miraron y ambos supieron qué hacer.

-Este soldado se ha rendido a mí. Yo decidiré qué hacer con su vida, y no unos mocosos que dicen a su padre cómo proceder –se dirigió directamente a su rehén mientras sus hijos bajaban los ojos avergonzados: ¿vas a darme la información que te pida?

-¿Tendréis piedad si lo hago? -respondió el soldado tras una leve duda.

-Tendrás lo que has pedido si me das la información que quiero saber, te lo puedo asegurar. Y estoy seguro de que es más de lo que tú y tus compañeros habríais hecho con mi familia –respondió Sáenz. Luego se dirigió a sus hijos: vosotros, ¿todavía tenéis ganas de matar?

-Sí, padre –respondieron a la vez un tanto confusos, pero irguiéndose orgullosos.

-Pues degollad a los cerdos y a los corderos. Degollad también a la cabra y arrastrad los cadáveres a los sembrados. Patead a las gallinas para que huyan, y las que no las matáis también. Los caballos que están heridos, rematadlos, y conseguid esos dos caballos que están sueltos y que todavía no han huido. Venga, deprisa.

Vio que sus hijos lo miraban confusos, parados en su sitio sin entender lo que les estaba diciendo.

-¿Creéis que esto ya está? Estos son los primeros soldados, pero después vendrán más, y os aseguro que no podremos con ellos. Cuando vengan, estaremos lejos, pero sólo encontrarán muerte, no podrán aprovechar nada. ¡Corred! –les rugió.

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