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domingo, 16 de septiembre de 2012

Pañuelo y cerezas.

            El jugo de la cereza se le escapó de la boca, alcanzando una arruga y discurriendo por ella. Los labios resecos y retraídos no podían retener el zumo de la fruta madura. Sacó una lengua hinchada, blancuzca, que reptó por la barbilla buscando las gotas prófugas. Ella miró a Ismael con ojos cómplices y se rió con un ruido líquido que le afluía de sus pulmones encharcados. Asomaron sus encías teñidas de rojo y carne.
            -Esta sí que estaba buena, hijo mío. Muy rica-alargó la última palabra para dar más énfasis, mientras levantaba apenas su brazo izquierdo, atrapado por cables que lo lastraban al gotero.
            -Claro, abuela, las mejores del mercado. Jesús el frutero me las apartó porque sabía que eran para ti.
            Ismael le puso en la boca otra cereza enorme y madura. Ella la atrapó con las encías y la machacó con un gesto calculado. De nuevo el jugo se desbordó manchando su barbilla. Levantó su mano derecha para enjugarse con el pañuelo de papel. Tenía los dedos huesudos, muy rojos, que contrastaban con la blancura del pañuelo y su cara pálida.
            -En un rato buscamos a tu abuelo, hijo mío.
            -Abuela, el yayo murió hace casi ya diez años. ¿No te acuerdas? Ahora estamos aquí en el hospital porque estás mala.
            De nuevo apareció la risa líquida para acabar en una tos áspera que le obligó a levantar la cabeza de la almohada.
            -Qué tonto eres, hijo mío. El abuelo dejará ahora al General en el cuartel y vendrá aquí a casa. Siempre hace lo mismo desde que acabó la guerra. Mira, en la otra habitación tengo secando un vestido muy bonito. Me lo pongo y salimos los dos a esperarlo a la calle. Seguro que se alegra. Nos llevará a la plaza y nos comprará barquillos.
            Intentó levantarse incorporando la cabeza y se dio impulso con las manos en el aire, buscando un asidero imposible. Ismael se levantó y le puso las manos en los hombros.
            -Espera, abuela, descansa aquí que aún falta hasta que venga. Yo te iré a buscar el vestido. Mientras, ¿quieres otra cereza? Acábalas, que quedan pocas –Ismael cogió dos o tres del cuenco que estaba encima de la mesa blanca, junto a un vaso medio lleno de agua y un pequeño colgante con un crucifijo.
            Ella sonrió y abrió la boca como una niña que espera la golosina. Ismael quitó el hueso de ellas y le dio la pulpa.
            -Salgo a por el vestido y vengo en un momento. No te me vayas, ¿eh abuela?
            -No, hijo. Me quedo aquí. Además la vecina me dijo que vendría a traerme unos retales y no quiero que entre sin estar yo.
            Ismael salió de la habitación y se dirigió al control de enfermeras de planta. Estaba vacío y tuvo que esperar unos minutos. Miró a ambos lados del largo pasillo. Aparte de un carro apoyado en la pared, no había otra cosa que silencio, alumbrado con una luz tenue. Se fijó que tenía los dedos manchados de un color rosado. Sonrió, y sacó un pañuelo. Intentó sin éxito quitarse las manchas frotando con fuerza. Fastidiado, levantó la vista. El olor a medicamentos y a silencio de soledad le fue poniendo impaciente. Al final, apareció una enfermera que salía de una habitación. Tenía gesto de cansada, y estaba algo despeinada debajo de su cofia. Le pidió un sedante para que su abuela pasara tranquila la noche. Maquinalmente, se giró y sacó una pastilla gris de un cajón. Le dio las gracias. Ella musitó un “de nada” y se puso a leer una revista apoyándose en el mostrador.
            Volvió de nuevo. Al entrar, todo había cambiado. Su abuela seguía en la cama tumbada. Miraba fijamente el techo con los ojos muy abiertos. La mano izquierda yacía sobre su regazo, con los dedos levantados en forma de saludo. La derecha la tenía abierta hacia arriba, en ella el pañuelo con manchas rojas como muda oferta de su último regalo. En su boca abierta quedaban restos de fruta que no había podido acabar. La barbilla la tenía de nuevo manchada con un ancho surco que le llegaba al cuello, tiñendo de rojo el borde de su camisón.
Ismael caminó varios pasos hasta su cama, y lentamente alargó su mano. Con cuidado, la acarició con dos dedos, siguiendo el camino rojo, hasta su mejilla.
Ella tenía razón. El abuelo había venido a buscarla. Había unas pocas cerezas todavía en el cuenco. Ismael las cogió en un puñado, y mirando orgulloso a su abuela se las comió, dejando que el jugo le manchara como a ella.



6 comentarios:

  1. Un relato muy sutil, me ha encantado. Ciertamente, una dulce manera de morir. Si se puede elegir, me la pido, jeje.

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  2. el mejor relato, sin cerrar los ojos he podido estar en esa habitacion.Sencillo y bonito, un gran homenaje, en pocas palabras bonitos sentimientos.Gracias

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  3. Muchas gracias a los dos por vuestros comentarios. Me apetecía hacer un relato que fuese muy próximo al lector. Al fin y al cabo, todos hemos tenido alguna vez que estar en el caso de Ismael, cuidando a un ser querido. Quizás es una manera de "avisar" de que retengamos momentos, que se viven en el presente, pero se disfrutan toda la vida...

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  4. Que putada que se fuera en los minutos que fue al control de enfermería. Me hubiera gustado que se fuera cuando él estaba a su lado, pero tú eres el autor y así lo quisiste. Me ha gustado

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  5. Mucha gracias, Anónimo. La verdad es que lo estuve valorando, pero me decanté por este final porque me interesaba más la complicidad del nieto y la abuela compartiendo un acto sencillo de la vida. Casi desde el principio uno se puede imaginar que la abuela va a morir, y pensé ¿por qué no me centro más en la relación entre los dos? Y me salió eso. Pero muchas gracias por aportar tus ideas. Son valiosas y puede que rehaga el escrito con otro posible final.

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  6. Las cosas mas importantes de la vida las tenemos delante y somos tan ignorantes de no verlas salvo cuando ya no están. La manera de expresión es bastante clara y sincera, el toque de ausentismo es un final como podía haber sido otro cualquiera, lo que si esta claro que hablar de la vida o la muerte, son dos cosas que nadie esta a salvo de ellas ,estas no entienden de política, economía, sentimientos etc.. tan sencillamente como apagar o encender un interruptor para que se vea o no la luz. Animo y seguro que encuentras a tu duende entres las líneas de la escritura este te guiara por el buen camino que ya llevas! un saludo, siempre.

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