Escuchaba
el crujir de las hojas secas bajo mis pies mientras el frío viento
otoñal golpeaba mi rostro. Observaba las encinas flanqueando aquella
senda preguntándome cuántas veces había recorrido el mismo camino,
el que iba desde la herrumbrosa y desvencijada verja de la entrada,
hasta aquél pedazo de mármol tallado, que recordaba a quien
quisiese mirar, que allí, a modo de última morada, yacían los
restos de la única persona a la que he amado.
Carmen.
He susurrado ese nombre infinidad de veces es la oscuridad, mientras
todos dormían, mientras yo lloraba, mientras otros procuraban
mitigar el dolor de su ausencia. Pero yo no. Yo invocaba su imagen,
añorándola, recordando su sonrisa enmarcada en tan pálido y
hermoso rostro, rescatando de entre las sombras su esbelta silueta,
buscando en cada reflejo el dorado de sus cabellos y el brillo de
aquellos ojos. Sus ojos.
Abandoné
el camino de grava cuando giró en dirección opuesta. La hierba se
abrazó a unos zapatos que llegaron completamente mojados hasta la
lápida que buscaba. Me arrodillé ante ella, los ojos cerrados,
mientras acudían a mi mente los recuerdos de tantos atardeceres
juntos, manos entrelazadas y sueños felices. Lloré maldiciendo al
cruel destino que nos había separado tan pronto; a la enfermedad que
apareció un día, sin previo aviso, para reclamar su alma al día
siguiente.
Cuántas
promesas llenas de ilusión nos hicimos, bajo el cielo estrellado en
las noches de primavera y que se fueron junto a ella hasta quedar
enterradas bajo las capas de tierra ante las que me hallaba.
Las
palabras encierran un poder especial bajo ciertas circunstancias.
Pueden ser dulces o amargas, de amor y de desprecio, expresarlo todo
o absolutamente nada. Ahora lo sé. Son armas de doble filo, con las
que hay que andarse con mucho cuidado, el mismo que, en un arrebato
de insensatez, yo no tuve. Una desafortunada promesa, hecha en la más
delicada de las situaciones, fué el motivo que me llevó hasta allí,
dispuesto a cumplir con mi parte a pesar de lo que ello significaba.
Más allá de la vida y más allá de la muerte.
Han
pasado tres días desde que visité el cementerio, recordando cada
paso desde que cruzara la verja hasta llegar a la lápida, caer de
rodillas y rezar todo cuanto me habían enseñado de niño. Tres días
desde que metí la mano en el bolsillo para extraer el arma
ejecutora, sostenerla en mi mano y, antes de darme cuenta, lanzarla
lo más lejos que fuí capaz y salir corriendo, rompiendo mi promesa.
No
puedo dormir, al menos, no demasiado. Me despiertan las pesadillas,
las voces que piden justicia, las sombras que danzan a mi alrededor
señalándome y riéndose de mí. Sé que vendrá. Carmen reclamará
lo que es suyo.
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