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lunes, 7 de mayo de 2012

La ira de Dios


El padre McInerny se sentó en la escalera que daba acceso a la pequeña iglesia, situada en lo alto de la colina. La edificación de piedra y madera, seguramente utilizada antaño como refugio de pastores, carecía de los lujos del templo construído en la ciudad, a unos dos kilómetros de allí, pero aún contaba con un puñado de fieles que nunca faltaban a su cita dominical.
El sacerdote llevaba en la mano un vaso y una botella del mejor güisqui que encontró en la tienda y que pagó con los donativos del cepillo. Su último pecado. Destapó la botella rompiendo el precinto y sirvió en el vaso casi hasta arriba. Bebió el líquido de un trago y repitió la operación, no era momento de andarse con remilgos. Levantó la vista hasta posar sus ojos en aquella abominación de hormigón, hierro y cristal, el mayor exponente de la decadencia humana. Si existía un lugar en la tierra donde se concentrasen todos los errores de la creación, sin duda alguna era en ese sitio. Bien lo sabía él.
Miró el reloj, sólo para comprobar que pasaban cinco minutos de las cuatro de una espléndida tarde de abril y apuró el tercer vaso. - La hora ha llegado. - dijo en voz baja mientras volvía a llenarlo y, como si de una premonición se tratase, la respuesta no se hizo esperar. Una explosión en el corazón de la ciudad hizo que los edificios de tres manzanas a la redonda quedasen reducidos en pocos segundos a escombros entre llamaradas y una nube de polvo y humo.
- ¡El poder de Dios! - exclamó ésta vez en un tono más audible y sin apenas inmutarse. El contenido de la botella menguaba rápidamente, pero al padre McInerny tampoco parecía preocuparle ese detalle, los acontecimientos en la urbe acaparaban toda su atención. Hasta sus oidos llegaba el sonido de las sirenas de ambulancias, coches de policía y bomberos e imaginó el caos que en ese mismo momento estaría reinando allá abajo. Un nuevo sonido hizo que girase la cabeza en dirección a la carretera que pasaba por delante de la iglesia y vió aproximarse un todoterreno gris, con bastante prisa, por cierto. El vehículo se detuvo en seco en el cruce que daba acceso al pequeño templo y el sacerdote comprobó que dentro iban tres adultos y un niño.
- ¡Padre! - le llamó el hombre que iba de copiloto – Vamos a ver si podemos echar una mano. Suba, quizás le necesiten.
John McInerny negó con la cabeza ante el asombro de los forasteros.
- ¡Padre, por el amor de Dios! - se notaba el nerviosismo en sus palabras - ¿Qué clase de compasión profesa usted?
- No se puede hacer nada por ellos. - respondió al tiempo que se incorporaba de su asiento. - Ya están condenados, es la voluntad de Dios.
- ¡Váyase a la mierda! - le espetó e hizo un gesto al conductor para que reanudase la marcha. El sacerdote siguió con la mirada al todoterreno mientras se alejaba velozmente y trazó la señal de la cruz a modo de bendición. Cuando el vehículo había recorrido, según sus cálculos, más de la mitad del trayecto, se produjo una nueva explosión, más potente y más destructiva, que hizo que se sintiera temblar la tierra hasta la colina. Enormes trozos de piedra, visibles desde aquella distancia, volaron en todas direcciones y una serie de explosiones más pequeñas empezaron a sucederse. Una de ellas alcanzó de lleno al vehículo, haciéndolo volar por los aires envuelto en llamas.
- La misericordia de Dios – volvió a murmurar McInerny y recogió la botella del escalón en el que la había dejado para, prescindiendo ya del vaso, dar un trago largo al bastante mermado contenido. - Un gesto curioso, sin embargo.
- No te atormentes, John. - dijo una voz a sus espaldas, no se dió la vuelta para ver a su interlocutor, conocía de sobra a quien le hablaba – No han sufrido en absoluto. Ni siquiera se han enterado.
- No soy quien para juzgar su obra. - respondió con resignación – Tú lo sabes mejor que nadie ¿Qué haces aquí, Gabriel?
- Es donde debo estar. - contestó – Sé que piensas que todo termina aquí, pero te equivocas.
La tierra se abría en enormes grietas en todas direcciones y de ellas emergían llamas en medio de explosiones, calcinando y destruyendo todo a su paso. Pronto, aquél fenómeno alcanzaría la colina.
- Bonito espectáculo. - dijo – Nada como un fuego purificador para barrer el mal ¿eh?
- Me encanta cuando sacas tu vena romántica a relucir. - bromeó Gabriel - ¿Estás preparado?
El sacerdote apuró el güisqui y lanzó la botella lo más lejos que pudo. Levantó la vista hacia el cielo primaveral y gritó.
- ¡LA IRA DE DIOS!
La colina entera estalló sin dejar vestigio alguno de su existencia.

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