El
padre McInerny se sentó en la escalera que daba acceso a la pequeña
iglesia, situada en lo alto de la colina. La edificación de piedra y
madera, seguramente utilizada antaño como refugio de pastores,
carecía de los lujos del templo construído en la ciudad, a unos dos
kilómetros de allí, pero aún contaba con un puñado de fieles que
nunca faltaban a su cita dominical.
El
sacerdote llevaba en la mano un vaso y una botella del mejor güisqui
que encontró en la tienda y que pagó con los donativos del cepillo.
Su último pecado. Destapó la botella rompiendo el precinto y sirvió
en el vaso casi hasta arriba. Bebió el líquido de un trago y
repitió la operación, no era momento de andarse con remilgos.
Levantó la vista hasta posar sus ojos en aquella abominación de
hormigón, hierro y cristal, el mayor exponente de la decadencia
humana. Si existía un lugar en la tierra donde se concentrasen todos
los errores de la creación, sin duda alguna era en ese sitio. Bien
lo sabía él.
Miró
el reloj, sólo para comprobar que pasaban cinco minutos de las
cuatro de una espléndida tarde de abril y apuró el tercer vaso. -
La hora ha llegado. - dijo en voz baja mientras volvía a llenarlo
y, como si de una premonición se tratase, la respuesta no se hizo
esperar. Una explosión en el corazón de la ciudad hizo que los
edificios de tres manzanas a la redonda quedasen reducidos en pocos
segundos a escombros entre llamaradas y una nube de polvo y humo.
- ¡El poder de Dios! - exclamó ésta vez en un tono más audible y sin
apenas inmutarse. El contenido de la botella menguaba rápidamente,
pero al padre McInerny tampoco parecía preocuparle ese detalle, los
acontecimientos en la urbe acaparaban toda su atención. Hasta sus
oidos llegaba el sonido de las sirenas de ambulancias, coches de
policía y bomberos e imaginó el caos que en ese mismo momento
estaría reinando allá abajo. Un nuevo sonido hizo que girase la
cabeza en dirección a la carretera que pasaba por delante de la
iglesia y vió aproximarse un todoterreno gris, con bastante prisa,
por cierto. El vehículo se detuvo en seco en el cruce que daba
acceso al pequeño templo y el sacerdote comprobó que dentro iban
tres adultos y un niño.
-
¡Padre! - le llamó el hombre que iba de copiloto – Vamos a ver si
podemos echar una mano. Suba, quizás le necesiten.
John
McInerny negó con la cabeza ante el asombro de los forasteros.
-
¡Padre, por el amor de Dios! - se notaba el nerviosismo en sus
palabras - ¿Qué clase de compasión profesa usted?
-
No se puede hacer nada por ellos. - respondió al tiempo que se
incorporaba de su asiento. - Ya están condenados, es la voluntad de
Dios.
-
¡Váyase a la mierda! - le espetó e hizo un gesto al conductor para
que reanudase la marcha. El sacerdote siguió con la mirada al
todoterreno mientras se alejaba velozmente y trazó la señal de la
cruz a modo de bendición. Cuando el vehículo había recorrido,
según sus cálculos, más de la mitad del trayecto, se produjo una
nueva explosión, más potente y más destructiva, que hizo que se
sintiera temblar la tierra hasta la colina. Enormes trozos de piedra,
visibles desde aquella distancia, volaron en todas direcciones y una
serie de explosiones más pequeñas empezaron a sucederse. Una de
ellas alcanzó de lleno al vehículo, haciéndolo volar por los aires
envuelto en llamas.
-
La misericordia de Dios – volvió a murmurar McInerny y recogió la
botella del escalón en el que la había dejado para, prescindiendo
ya del vaso, dar un trago largo al bastante mermado contenido. - Un
gesto curioso, sin embargo.
-
No te atormentes, John. - dijo una voz a sus espaldas, no se dió la
vuelta para ver a su interlocutor, conocía de sobra a quien le
hablaba – No han sufrido en absoluto. Ni siquiera se han enterado.
-
No soy quien para juzgar su obra. - respondió con resignación –
Tú lo sabes mejor que nadie ¿Qué haces aquí, Gabriel?
-
Es donde debo estar. - contestó – Sé que piensas que todo termina
aquí, pero te equivocas.
La
tierra se abría en enormes grietas en todas direcciones y de ellas
emergían llamas en medio de explosiones, calcinando y destruyendo
todo a su paso. Pronto, aquél fenómeno alcanzaría la colina.
-
Bonito espectáculo. - dijo – Nada como un fuego purificador para
barrer el mal ¿eh?
-
Me encanta cuando sacas tu vena romántica a relucir. - bromeó
Gabriel - ¿Estás preparado?
El
sacerdote apuró el güisqui y lanzó la botella lo más lejos que
pudo. Levantó la vista hacia el cielo primaveral y gritó.
-
¡LA IRA DE DIOS!
La
colina entera estalló sin dejar vestigio alguno de su existencia.
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